Recibí la mayor parte de mi educación en casa. Cuando llegué a la secundaria, me inscribí en un club de robótica. Supuso mucho, porque costaba cientos de dólares. Aunque me hacía mucha ilusión, fueron momentos difíciles. Yo era la única chica y no me trataron bien. Sufrí acoso por parte de muchos de los chicos. Me seguían con drones y me asediaban. Era verdaderamente desmoralizante, yo sólo quería aprender sobre robots. Al final me fui del equipo.
Mi experiencia me llevó a fundar mi propia organización benéfica, The STEAM Connection, porque ningún joven merece estar en un espacio de aprendizaje en el que no se sienta seguro, especialmente en el caso de las niñas.